Memorias (28 page)

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Authors: Isaac Asimov

Tags: #Biografía

BOOK: Memorias
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—Si es así, es demasiado tarde. Me quedo con ésta.

Robyn ha nacido para tener amigos y llevarse bien con los demás. Yo solía decir que si se enrollara como una bola de bolera y yo la hiciera rodar entre una multitud de extraños, cuando llegara al otro extremo tendría cinco amigos con ella. Este instinto social ha hecho que su vida sea relativamente fácil. Ha tenido dos relaciones de larga duración, pero hasta el momento sigue soltera.

Le he explicado con claridad que puede tener hijos si lo desea, pero que no tiene que sentirse obligada a tenerlos, si ella no quiere, sólo para darme un nieto.

He manifestado a menudo mi horror por la creciente superpoblación en la Tierra y Robyn comparte mis sentimientos. Ninguno de los dos creemos que beneficiará a la humanidad traer más niños al mundo sólo porque es lo que se hace. Por tanto, Robyn no siente la necesidad de tener hijos, o yo de tener nietos.

Robyn estudió en el Boston College, donde se especializó en psicología, y después se doctoró como asistenta social en la Universidad de Boston.

Entre paréntesis, a Robyn le gusta su apellido. Le encanta que la gente le pregunte si tiene algo que ver conmigo y responde orgullosa que soy su padre. Me llega al fondo del corazón.

Sin embargo, una vez que mencioné lo mucho que me quería, la mujer a la que estaba hablando me dijo (a lo mejor con cierto cinismo):

—Mira, si tienes un padre rico que te da todo lo que quieres, ¿cómo no le vas a querer?

Me molestó un poco su respuesta, pero estoy lo bastante unido a Robyn como para hacerle preguntas comprometidas y confiar en que me dirá la verdad. Así que le pregunté:

—Robyn, ¿me querrías si fuera pobre?

Me respondió sin dudarlo:

—Por supuesto. Seguirías estando chiflado, ¿o no?

La respuesta me convenció. Estaba claro que valoraba más las risas que compartimos que todo el dinero que yo pudiera tener.

61. La improvisación

Hasta el verano de 1950 había dado varias conferencias con éxito, pero siempre a audiencias profesionales y bien preparadas. Pero entonces en un congreso de ciencia ficción me pidieron que hablara sobre robots. Acepté, pero me negué a perder el tiempo requerido para preparar una charla. Me pareció que el tema me resultaba lo bastante familiar como para no necesitar preparación.

Gertrude, que sabía que no había preparado nada, se sentó en la última fila por temor a que lo echara todo a perder. Quería estar en un lugar del que pudiera marcharse sin llamar la atención.

Empecé a hablar y descubrí que, incluso sin preparación, las frases se sucedían unas a otras con naturalidad. Un poco sorprendido, pero encantado, vi que la audiencia se reía cuando quería que lo hiciera. Todavía más encantado, observé que Gertrude, más confiada, había cambiado su asiento por uno en la primera fila.

Éste fue otro momento decisivo, ya que me di cuenta de que podía hablar con facilidad y, como comprobé con el tiempo, sobre cualquier tema, improvisando y sin preparación. A partir de entonces, excepto mis clases de la facultad, nunca preparé una conferencia. ¡Nunca!

En una ocasión, escribí una conferencia que iba a ser publicada, pero hablé sin mirar las páginas escritas. Por lo general, si es necesario publicar una de mis conferencias, deben grabarla y después mecanografiarla a partir de la cinta.

Otro momento decisivo se produjo poco después, cuando di una conferencia a un grupo de una Asociación de Padres y Profesores de un área residencial del sur de Boston a petición de un compañero de la facultad. Con gran sorpresa por mi parte, me pagaron diez dólares. Intenté no cogerlos, tenía la sensación de que no podía aceptar dinero sólo por hablar, pero insistieron.

Estuve más dispuesto a cobrar por mi trabajo a medida que fue pasando el tiempo, y mis honorarios para dar conferencias fueron subiendo. Una vez di una charla en el MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts) por cien dólares y durante la cena descubrí que habían pagado a Wernher von Braun mil cuatrocientos dólares por una conferencia algunas semanas antes.

Les pregunté con el ceño fruncido:

—¿Fue catorce veces mejor que yo?

—¡Oh, no! —respondieron con ingenuidad—. Usted ha sido mucho mejor.

Puede suponerse que fue la última vez que acepté hablar por sólo cien dólares. Con el tiempo llegué a cobrar hasta veinte mil dólares por una charla de una hora. Puede que esto le parezca exorbitante (a mí me lo parece), pero me entregan el dinero con sonrisas y expresiones de gratitud y esto es suficiente para aliviar una conciencia tan escrupulosa como la mía.

¿Por qué? Una razón es precisamente que mis charlas son improvisadas. Una conferencia que está escrita con todo cuidado en inglés literario y que después se lee, no se puede dar en inglés hablado (el inglés hablado y el escrito son dos idiomas diferentes, lo crea o no) porque suena poco natural. Además, al leerla, el pasar las páginas y atascarse en alguna palabra añade una nota artificial. Aprenderse de memoria una conferencia puede eliminar algo de la artificialidad, pero cuesta mucho trabajo y el resultado es que sigue siendo inglés escrito y suena poco natural.

Pero si se improvisa, se puede hablar de manera coloquial y cambiar de humor y de emociones para adaptarse a la reacción de la audiencia.

El éxito continuo tiende a generar arrogancia si no se tiene cuidado y, de vez en cuando, caigo en la arrogancia sobre mi aptitud para dar conferencias. Con frecuencia estoy en un estrado con dos o tres conferenciantes más y, en tales casos, siempre pido que me dejen hablar el último. Si me preguntan por qué, contesto la verdad (pero puede parecer arrogancia):

—Porque resulta imposible mejorar mi actuación.

Por lo general, mi actuación lo prueba, pero de vez en cuando alguno de los que hablan antes que yo es tan bueno que tengo que esforzarme al máximo para superarle y, en contadas ocasiones, me pregunto, incómodo, si habré tenido éxito.

En cierta ocasión, por ejemplo, el conferenciante anterior habló de Kissinger y la teoría del equilibrio de poderes. Era un tema importante y fue expuesto con tanta fluidez y aplomo que me sentí hundido. Nunca podría mejorar aquello. Lo intenté, por supuesto, pero me quedé corto.

En la recepción que hubo después, alguien me comentó:

—Disfruté mucho de su excelente conferencia, doctor Asimov.

—Me temo que la charla sobre Kissinger fue mucho mejor —respondí abatido.

—¡Oh, no! —dijo el otro—. Ya había oído hablar a ese señor sobre Kissinger y dio la misma conferencia, palabra por palabra. A usted también le he oído hablar antes, pero sus charlas son siempre diferentes.

Ésa es otra cuestión. Si te tomas la molestia de memorizar una conferencia larga y complicada, no puedes desperdiciarla utilizándola sólo en una ocasión. Tienes que repetirla una vez tras otra y que el cielo ayude a los que acudan por segunda vez a oírte.

Por otro lado, la improvisación permite multitud de variaciones sobre la marcha, y aunque a lo largo de mi vida he dado sin duda unas dos mil conferencias, no ha habido dos que hayan sido exactamente iguales.

A propósito, la fama de mis conferencias es tal (gracias a la propaganda de mis oyentes agradecidos) que siempre me invitan a dar conferencias en todos los estados de la Unión, por no hablar de otros países (incluso tan lejanos como Irán o Japón). Pero mi aversión a los viajes sólo me permite dar charlas relativamente cerca de donde vivo. Si no, podría ganarme la vida muy bien sólo con eso y además ver mundo.

Pero no me arrepiento. Mi vocación es escribir, no dar conferencias.

Hay muchas anécdotas divertidas en torno a mis charlas y no me resisto a contar algunas. Muchas están relacionadas con las presentaciones que hacen de mí.

Cuando alguien da una conferencia, la presentación corre a cargo de otra persona. Hay un riesgo en ello, ya que, a menos que la introducción sea corta y concisa, puede crear problemas: si es larga y aburrida enfría la audiencia, pero si es ingeniosa, corta o larga, eclipsa al orador.

Por lo general, prefiero que no haya ninguna presentación. Me gustaría entrar en un escenario vacío a la hora programada para el comienzo, avanzar hacia el podio y decir: "Señoras y señores, soy Isaac Asimov", y después empezar a hablar. Ésa es toda la introducción que quiero y necesito, pero hasta el momento nunca lo he podido conseguir. Siempre hay alguien que quiere su momento de gloria.

En 1971 hablé en la Universidad Estatal de Penn, en la que daba clase mi compañero de ciencia ficción Phil Klass. Estaba encargado de mi presentación y me sentí agobiado. Recordaba las intervenciones de Phil en las reuniones de ciencia ficción. Era muy, muy divertido, así que esperaba que su presentación fuera corta y concisa.

No lo fue. Phil habló con brillantez durante quince largos minutos, dando una descripción exagerada de mi carácter y de mis aptitudes hasta casi el ridículo, lo que hizo que la audiencia se partiera de risa. Yo cada vez me iba hundiendo más en mi asiento. Él hablaba gratis y a mí me iban a pagar mil dólares. Estaba deleitando a la audiencia y yo iba a producir una triste impresión.

Por fin, cuando yo ya vislumbraba el desastre total, Phil llegó a su frase final:

—Pero no se imaginen que Asimov puede hacer de todo. Por ejemplo, nunca ha cantado
Rigoletto
en el Metropolitan Opera.

Se produjo una sonora explosión de carcajadas, me incliné hacia Janet y le murmuré sonriendo victorioso (como dijo una vez Thomas Henry Huxley mirando a Samuel Wilberforce en el gran debate sobre la evolución):

—El Señor lo ha puesto en mis manos.

Me acerqué por el escenario hacia el podio, miré a la audiencia, esperé a que terminaran los aplausos y después permanecí de pie durante quince segundos en silencio. Contemplé fijamente al público y les dejé que se preguntaran qué estaba ocurriendo.

Y en el momento exacto en que la perplejidad había llegado al nivel adecuado, sin avisar y con una voz de tenor tan fuerte como pude, entoné "Bella figlia dell'amore", los compases iniciales del famoso cuarteto de
Rigoletto
y auténtico epítome de todas las obras operísticas.

La audiencia rompió a reír y a partir de entonces los tuve en la palma de la mano. (Un conferenciante tiene que saber cómo hacerlo).

Arranqué otra victoria de las fauces de la derrota el 21 de marzo de 1958, cuando hablaba en el Swarthmore College, cerca de Filadelfia. Llegué a la víspera y el presidente de la escuela me advirtió que hablaría a la asamblea al día siguiente a las ocho de la mañana. La asistencia era obligatoria y muchos estaban molestos por ello.

—Es posible —dijo el presidente— que algunos estudiantes hagan alarde de leer el periódico mientras usted habla. No es una actitud de enfado hacia su persona, sino una muestra de desaprobación por la obligatoriedad de asistir a las charlas.

—No tema —le respondí con un ademán—, nadie leerá el periódico mientras yo esté hablando.

Esa noche Filadelfia sufrió la peor tormenta de nieve de los últimos cien años. (Ésta fue la tormenta, dicho sea de paso, que mató a Cyril Kornbluth.) Se formó una capa de nieve de más de sesenta centímetros. Cayó una aguanieve pegajosa y fuerte que destruyó muchos jardines y dañó muchos árboles.

A la mañana siguiente, contemplé a los estudiantes entrando en el salón de la asamblea, peleándose con la nieve de sus botas y pensé, alarmado, que si se oponían a la asamblea en condiciones normales, ¡lo molestos que debían de estar por ésta! Iba a tener una audiencia fría como el hielo, figurada y literalmente.

¿Qué hacer? Me serví de la fecha y empecé diciendo:

—Señores, he venido hasta aquí el día del equinoccio de primavera, cuando las tormentas y los sobresaltos de nuestro invierno de descontento han abandonado la escena y los brotes de la primavera se estremecen a punto de aparecer; cuando los fuertes vientos se transforman en suaves brisas…

Seguí así, cada vez más disparatado en mis encomios, y la audiencia empezó a reírse entre dientes y después a carcajadas. Cuando me pareció que el ambiente estaba suficientemente caldeado, me adentré en mi conferencia y nadie leyó el periódico.

En cierta ocasión evité una catástrofe mucho peor por pura suerte. Fue durante los años sesenta, iba a hablar en Ohio por unos doscientos cincuenta dólares para recibir una placa de alguna organización interesada en las comunicaciones. Les iba a dar lo que yo llamaba mi "conferencia sobre Mendel", varias versiones de la cual había dado aquí y allá con mucho éxito. Era sobre Gregor Mendel, quien descubrió las leyes de la herencia, pero, por un fallo de la comunicación, estas leyes permanecieron ocultas para la ciencia durante treinta y tres años.

En este caso también hubo una presentación larga y divertida, mientras yo estaba sentado en un enorme comedor, cada vez más deprimido, esperando a que el presentador se sentara y pensando que tendría que esforzarme para evitar el anticlímax. El individuo que estaba a mi derecha, me susurró durante la introducción:

—Estamos esperando ansiosos su charla, doctor Asimov.

Me sentía bastante deprimido, y contesté:

—¿Cómo sabe que será buena?

—Porque ya le he oído antes en la Gordon Research Conference. Dio una charla sobre Mendel.

Me enderecé en la silla.

—¿Sobre Mendel? ¿Alguno más de los que están aquí asistió a la conferencia?

—Casi todos —me respondió.

Tenía cinco minutos para organizar una charla diferente. Lo logré, pero cada vez que pienso en que estuve a punto de dar una charla a una audiencia que ya la había oído en su mayor parte, me entra un sudor frío.

En otra ocasión, el presentador me pidió permiso para leer algo de la correspondencia previa a nuestro acuerdo. No recordaba lo que había escrito en esas cartas, pero sabía que nunca escribo nada que me pueda llevar a los tribunales, así que le dije: "Por supuesto, adelante."

Leyó las cartas y resultó que me había mostrado inexorable en exigir el triple de los honorarios que me ofrecían alegando que era tres veces mejor que cualquier otro. Esto significó que tuve que ponerme de pie ante una audiencia predispuesta contra mí porque le había sacado mucho dinero a su organización y necesitaba demostrarle que era tres veces mejor que cualquiera. Fue una tarea ardua, pero lo logré.

La peor presentación que me hayan hecho nunca fue en Pittsburgh. Es la única que recuerdo que en vez de divertirme, me irritó. Estaba en el estrado esperando a que empezara el acto y la mujer engreída que lo dirigía se quedó de pie en frente del podio ordenando a la gente que se sentara con una voz estridente y monótona.

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