Después de encontrar la puerta especificada que daba a su departamento, Nicole y su familia se sacaron la ropa especial en el vestíbulo y la guardaron en los gabinetes creados con ese fin. Los niños se turnaban para mirar por la ventana los otros dos módulos esféricos, mientras aguardaban a que se abriera la puerta interior. Pocos minutos más tarde, vieron por primera vez, el interior de su nuevo hogar.
Todos quedaron apabullados. En comparación con las condiciones relativamente primitivas en las que habían estado viviendo en Rama, el departamento de la familia en El Nodo era el paraíso: cada uno de los niños tenía su propia habitación. Michael tenía una habitación para él al final de la unidad. La alcoba principal para Richard y Nicole tenía hasta una enorme cama matrimonial y estaba en el extremo opuesto del departamento, inmediatamente después del pasillo de entrada. En total, había cuatro baños, más una cocina, un comedor, y hasta una sala de juegos para los niños. El amoblamiento de cada una de las habitaciones era sorprendentemente adecuado y diseñado con buen gusto. El departamento tenia más de cuatrocientos metros cuadrados de espacio habitable.
Hasta los adultos estaban pasmados.
—¿Cómo diablos pudieron haber hecho esto? —Nicole le había preguntado a Richard esa primera noche, sin que los alborozados niños pudieran escuchar.
Richard lanzó una mirada de perplejidad a su alrededor.
—Únicamente puedo conjeturar —había contestado— que, de algún modo, vigilaron todas nuestras actividades en Rama y después, se las transmitieron por telemetría aquí, a El Nodo. También debían de tener acceso a nuestros bancos de datos y a partir de ese conjunto de información, supieron el modo en que vivimos. —Richard sonrió—. Y, naturalmente, aun a esta distancia, si tienen receptores sensibles podrían estar captando señales de televisión provenientes de la Tierra. ¿No es vergonzoso pensar que estamos representados por…?
—Bienvenidos —otra voz idéntica había interrumpido el pensamiento de Richard. Una vez más, el sonido parecía provenir de todas las direcciones. Esperamos que todo en el departamento sea de su agrado. Si no lo es, por favor díganlo. No podemos responder a todo lo que nos dicen en todo momento. En consecuencia, se ha establecido un sencillo régimen de comunicaciones: en la mesada de la cocina hay un botón blanco. Supondremos que todo lo que una persona diga después de apretar este botón blanco está dirigido a nosotros. Cuando hayan finalizado con el mensaje aprieten nuevamente el botón blanco. De esta forma…
—Yo tengo una pregunta primero —Katie había interrumpido entonces. Había corrido a la cocina para apretar el botón—. ¿Quiénes son ustedes?
Una pequeñísima demora de quizás un segundo había precedido a la respuesta.
—Somos la inteligencia colectiva que rige El Nodo. Estamos aquí para atenderlos, para hacer que estén más confortables y para proveerlos con los elementos básicos para vivir. También de vez en cuando, les vamos a solicitar que lleven a cabo algunas tareas que nos ayudaran a comprenderlos mejor…
Nicole ya no podía ver el transbordador al que había estado observando por la ventana. En realidad, había estado tan profundamente sumida en el recuerdo de su arribo a El Nodo que, de modo temporal, se había olvidado de los recién llegados. Ahora, cuando regresó al presente, imaginó un conjunto de seres que desembarcaba en una plataforma y que se sobresaltaba al oír una voz que se dirigía a ellos en su lengua nativa.
La experiencia de quedarse maravillados debe de ser universal
, pensó,
y pertenece a todos los seres conscientes
.
Alzó la mirada del campo cercano de visión y se concentró en el Módulo de Administración, a la distancia.
¿Qué pasa allí?
, se preguntó.
Nosotros, desventurados seres, nos desplazamos de acá para allá entre los módulos Habitación e Ingeniería. Todas nuestras actividades parecen estar orquestadas en forma lógica… pero, ¿por quién? ¿Y para qué? ¿Por qué alguien trajo todos estos seres a este mundo artificial?
Nicole no tenía respuesta para esas infinitas preguntas. Como siempre, le conferían un profundo sentido de su propia insignificancia. Su impulso inmediato fue volver al interior del departamento y estrechar con fuerza a uno de sus hijos. Se rió de sí misma:
Ambas imágenes son verdaderas indicaciones de nuestra posición en el cosmos
, pensó,
al mismo tiempo somos desesperadamente importantes para nuestros hijos y absolutamente insignificantes en el grandioso plan de las cosas. Se necesita una inmensa sabiduría para aceptar que no hay incoherencia en esos dos puntos de vista
.
El desayuno fue una celebración. A los excepcionales cocineros que les preparaban la comida les ordenaron un festín. Con toda consideración, los diseñadores de su departamento los habían provisto con diversidad de hornos y una heladera completa, en caso de que desearan preparar sus propias comidas a partir de las materias primas. Sin embargo, los cocineros extraterrestres (o robots) eran tan buenos, y tan rápidamente adiestrados, que Nicole y su familia casi nunca preparaban las comidas por sí mismos: simplemente apretaban el botón blanco y ordenaban.
—Esta mañana quiero panqueques —anunció Katie en la cocina.
—Yo también, yo también —agregó su compinche, Patrick.
—¿Qué clase de panqueques? —entonó la voz—. Tenemos cuatro tipos diferentes en nuestra memoria. Los hay de trigo sarraceno, de cuajada…
—Cuajada —interrumpió Katie—. Tres en total —le echó un vistazo a su hermano menor—… mejor que sean cuatro.
—Con manteca y jarabe de arce —gritó Patrick.
—Cuatro panqueques con manteca y jarabe de arce —dijo la voz—. ¿Es todo?
—Un jugo de manzana y un jugo de naranja también —dijo Katie, después de una breve consulta con Patrick.
—Seis minutos y dieciocho segundos —dijo la voz.
—Cuando la comida estuvo lista, la familia se reunió en torno a la mesa redonda de la cocina. Los niños más chicos le explicaron a Nicole lo que habían hecho durante su ausencia. Patrick estaba especialmente orgulloso de su nuevo récord personal en la carrera corta de cincuenta metros, en la sala de gimnasia. Laboriosamente, Benjy contó hasta diez y todos aplaudieron. Recién hablan terminado el desayuno y estaban levantando los platos de la mesa cuando sonó el timbre de la puerta.
Los adultos se miraron entre sí y Richard fue hacia la consola de control, en la que encendió el monitor de representación visual. El Águila estaba parado del lado de afuera de la puerta.
—Espero que no sea otra prueba —dijo Patrick de modo espontáneo.
—No… no, lo dudo —repuso Nicole, yendo hacia la entrada del departamento—. Es probable que esté aquí para damos los resultados de los últimos experimentos.
Nicole respiró hondo antes de abrir la puerta. No importaba cuántas veces se encontrara con El Águila, su nivel de adrenalina siempre aumentaba en presencia de él. ¿Por qué? ¿Era el sorprendente conocimiento que exhibía El Águila lo que la asustaba? ¿O el poder que tenía sobre ellos? ¿O tan sólo el sorprendente hecho de su existencia?
El Águila la saludó con lo que Nicole había llegado a reconocer como una sonrisa.
—¿Puedo ingresar? —dijo, con tono afable—. Me agradaría hablar con usted, con su marido y con el señor O'Toole.
Nicole se quedó mirándolo (o mirando a
eso
, como pensó instantáneamente), como lo hacía siempre: era alto, medía quizá dos metros y cuarto, y estaba conformado como un ser humano desde el cuello para abajo. Sin embargo, los brazos y el torso estaban cubiertos por plumas pequeñas, estrechamente imbricadas, de color gris carbón, salvo por los cuatro dedos de cada mano, que eran color blanco crema y carentes de plumas. Por debajo de la cintura, la superficie del cuerpo de El Águila era de color carne, pero resultaba obvio, por el lustre de su capa exterior, que no se había hecho intento alguno por duplicar la piel humana verdadera: no había vello por debajo de la cintura, así como tampoco articulaciones ni genitales visibles. Los pies no tenían dedos. Cuando El Águila caminaba, en torno de la zona de la rodilla se formaban arrugas que desaparecían cuando estaba parado y con la pierna recta.
El rostro de El Águila era hipnotizante: la cabeza tenía dos ojos grandes verdeazulados, a cada lado de un sobresaliente pico grisáceo. Cuando hablaba, el pico se abría y su perfecto inglés salía de alguna especie de laringe electrónica situada en la parte posterior de la garganta. Las plumas de la parte superior de la cabeza eran blancas y contrastaban marcadamente con el gris oscuro de la cara, el cuello y la espalda. El plumaje de la cara era bastante ralo y disperso.
—¿Puedo ingresar? —repitió cortésmente El Águila, cuando Nicole no se movió durante varios segundos.
—Claro… claro —repuso ella, alejándose de la puerta—. Lo siento… Es tan sólo que no lo había visto desde hacía tanto tiempo.
—Buenos días, señor Wakefield, señor O'Toole. Hola, niños —dijo El Águila mientras entraba de un tranco en la sala de estar.
Tanto Patrick como Benjy retrocedieron ante él. De todos los niños, únicamente Katie y la pequeña Ellie parecían no temerle.
—Buenos días —contesto Richard—. ¿Y qué podemos hacer por usted hoy? —preguntó. El Águila
nunca
hacía visitas sociales. Siempre había algún motivo para sus visitas.
—Tal como le dije a su esposa en la puerta —repuso El Águila—, necesito hablar con ustedes tres, los adultos. ¿Es posible que Simone se haga cargo de los demás niños mientras charlamos durante una hora, más o menos?
Nicole ya había empezado a llevar a los niños de vuelta a la sala de juegos, cuando El Águila la detuvo.
—Eso no será necesario —dijo—, pueden usar todo el departamento. Nosotros cuatro vamos a la sala de conferencias que está al otro lado del pasillo.
Bien
, pensó Nicole de inmediato,
esto es algo grande… Nunca antes dejamos a los niños solos en el departamento
.
Súbitamente, se sintió muy preocupada por la seguridad de sus hijos.
—Discúlpeme, señor Águila —dijo—. ¿Los niños van a estar bien aquí? Quiero decir, ¿no van a tener visitantes especiales ni cosa por el estilo?
—No, señora Wakefield —respondió El Águila en tono desapasionado—. Le doy mi palabra de que nada habrá de interferir con sus hijos.
Una vez en el corredor, donde los tres seres humanos se empezaron a poner los trajes especiales, El Águila los detuvo.
—Eso no será necesario —dijo—. Anoche reconfiguramos esta parte del sector. Cerramos herméticamente el pasillo inmediatamente antes de la unión y transformamos toda esta zona en un hábitat parecido a la Tierra. Podrán usar la sala de conferencias sin tener que ponerse ropa especial.
El Águila empezó a hablar en cuanto se sentaron en la gran sala de conferencias, al otro lado del pasillo.
—Desde nuestro primer encuentro, repetidamente me han formulado preguntas respecto de qué están haciendo aquí y yo no les he brindado respuestas directas. Ahora que su batería final de pruebas de sueño se completó y con éxito, podría añadir, se me ha autorizado a informarles sobre la fase siguiente de su misión.
—También se me ha concedido autorización para decirles algo sobre mí. Como todos ustedes han sospechado, no soy un ser vivo… no, por lo menos, según la definición de ustedes. —El Águila rió—. Fui creado por la inteligencia que rige El Nodo para que interactúe con ustedes en relación con temas delicados. Nuestras primeras observaciones de su conducta señalaron la reticencia, por parte de ustedes, a interactuar con voces carentes de cuerpo. Ya se había tomado la decisión de crearme, o a algo similar, para que sirva a modo de emisario ante su familia cuando usted, señor Wakefield, casi ocasionó un grave caos en este sector al tratar de efectuar una visita no planeada ni aprobada al Módulo de Administración. Mi aparición en ese momento se diseñó con el propósito de prevenir cualquier posterior comportamiento adverso.
—Ahora hemos ingresado —prosiguió El Águila, después de sólo una momentánea vacilación— en el período más importante de su estada aquí. La nave espacial a la que llaman Rama está en El Hangar, experimentando importantes reacondicionamientos y renovación del diseño de ingeniería. Ustedes, seres humanos, van a tomar parte de ese proceso de renovación del diseño, pues algunos de ustedes retornarán con Rama al Sistema Solaren el que se originaron.
Tanto Richard como Nicole empezaron a interrumpir.
—Permítanme terminar primero —dijo El Águila—. Hemos preparado muy cuidadosamente mis observaciones, de modo de cubrir por anticipado sus preguntas.
El extraterrestre hombre-pájaro contempló largamente a cada uno de los tres seres humanos sentados al otro lado de la mesa, antes de continuar con un ritmo más lento.
—Observen que no dije que van a regresar a la Tierra. Si el plan nominal tiene buen suceso, aquellos de ustedes que vuelvan van a interactuar con otros seres humanos de su Sistema Solar, pero no en su planeta natal. Únicamente si se produce alguna desviación necesaria respecto del plan de base, habrán de regresar realmente a la Tierra.
—Adviertan, también, que solamente
algunos
de ustedes van a regresar. Señora Wakefield —El Águila se dirigió directamente a Nicole—, es absolutamente seguro que usted volverá a viajar en Rama. Ésta es una de las restricciones que le imponemos a esta misión. Dejaremos que usted y el resto de su familia decidan quién la va a acompañar en la travesía. Puede
ir
sola, si así lo prefiere, dejando a todos los demás en El Nodo, o puede llevarse a algunos de ellos. Sin embargo,
todos
no pueden hacer el viaje en Rama: un par reproductor, por lo menos, se debe quedar aquí, en El Nodo, de modo de asegurar algunos datos para nuestra enciclopedia, en el improbable caso de que la misión de regreso no tuviera éxito.
—El propósito primordial de El Nodo es el de catalogar formas de vida existentes en esta parte de la galaxia. Las formas de vida capaces de viajar por el espacio tienen la máxima prioridad y nuestras especificaciones nos exigen recoger enormes cantidades de datos respecto de todas y cada una de las especies que naveguen por el espacio con las que nos encontremos. Para lograr esta tarea hemos encontrado, en el transcurso de miles de años del tiempo de ustedes, un método para reunir estos datos que reduce al mínimo la probabilidad de un intrusión cataclísmica en el patrón evolutivo de aquellos navegantes espaciales, mientras que, al mismo tiempo, lleva al máximo la probabilidad de que obtengamos los datos vitales.