Read El misterio de Layton Court Online
Authors: Anthony Berkeley
—Sí, ya lo había pensado. Probablemente, porque ambos estaban tan nerviosos por lo sucedido que olvidaron los documentos en su preocupación por borrar las huellas y escapar.
Alec torció el gesto.
—Un poco improbable, ¿no crees? No es natural, como tanto te gusta decir.
—Sin embargo, a veces ocurren cosas improbables. Como, por ejemplo, en esa ocasión.
—Entonces, ¿estás totalmente convencido de que Jefferson mató a Stanworth y de que fue así como ocurrió?
—Lo estoy, Alexander.
—¡Ah!
—¿Tú no?
—No —dijo Alec sin mucha decisión.
—Pero, maldita sea, si te lo he demostrado. No puedes despreciar mis pruebas como si nada. Todo es de lo más razonable. No puedes negarlo.
—Si afirmas que Jefferson mató a Stanworth —insistió con obstinada deliberación Alec—, estoy totalmente convencido de que te equivocas. Eso es todo.
—Pero ¿por qué?
—Porque no creo que lo hiciera —dijo Alec con aire de profunda sabiduría—. No es de los que hacen algo así. Supongo que es una especie de intuición —añadió con modestia.
—¡Al cuerno con tus intuiciones! —replicó Roger con justificada irritación—. No puedes esgrimir una condenada intuición contra las pruebas que te he mostrado.
—Pues lo hago —dijo sencillamente Alec—. Siempre —añadió con meticulosa atención por el detalle.
—En ese caso me lavo las manos —respondió con laconismo Roger.
Siguieron paseando un rato en silencio. Alec parecía sumido en sus pensamientos y Roger no disimulaba su enfado. Después de todo, resulta un poco irritante resolver de manera ingeniosa y convincente un enigma en apariencia tan misterioso y todo para chocar con un muro de incredulidad fundado en unos cimientos tan inestables como la mera intuición. Todas nuestras simpatías están con Roger en este momento.
—Bueno, en cualquier caso ¿qué vas a hacer al respecto? —preguntó Alec tras varios minutos de reflexión—. Sin duda, no irás a la policía sin tomarte antes la molestia de verificarlo todo, ¿no?
—Por supuesto que no. De hecho, no he decidido todavía si contárselo a la policía.
—¡Oh!
—Depende en gran parte de lo que esos dos, Jefferson y la señora Plant, tengan que decir.
—O sea, que vas a preguntarles, ¿no?
—Por supuesto.
Se hizo otro corto silencio.
—¿Vas a verlos juntos? —preguntó Alec.
—No, creo que antes hablaré con la señora Plant. Hay un par de detalles de menor importancia que me gustaría aclarar antes de ver a Jefferson.
Alec volvió a reflexionar.
—Si fuese tú, yo no lo haría, Roger —dijo muy serio.
—¿Qué es lo que no harías?
—Hablar con ninguno de ellos de este asunto. No estás seguro de tener razón, al fin y al cabo, por muy brillantes que sean, no dejan de ser un cúmulo de suposiciones de principio a fin.
—¡Suposiciones! —repitió indignado Roger—. ¡No son suposiciones! Son...
—Sí, lo sé; vas a decir que son deducciones. Puede que tengas razón y puede que no, es demasiado complicado para mí. Pero ¿quieres que te diga lo que opino al respecto? Creo que lo más inteligente sería dejar las cosas como están. Crees haber resuelto el misterio y tal vez estés en lo cierto. ¿Por qué no te contentas con eso?
—Pero ¿a qué viene este cambio de opinión, Alexander?
—No es un cambio de opinión. Sabes que desde el primer momento no he estado nada convencido. Pero ahora que Stanworth ha resultado ser un sinvergüenza semejante, no...
—Sí, comprendo a lo que te refieres —repuso Roger en voz baja—. Quieres decir que, si Jefferson mató a Stanworth, estaba en su derecho de hacerlo y deberíamos dejarlo en paz, ¿no es eso?
—Bueno —dijo torpemente Alec—, yo no diría tanto, pero...
—Pues yo sí lo diría —le interrumpió Roger—. De ahí que todavía no haya decidido si contárselo o no a la policía. Todo depende de si los acontecimientos suceden como imagino. Pero lo importante es que tengo que averiguar la verdad.
—¿Estás seguro? —preguntó despacio Alec—. Tal como están las cosas, y por mucho que elucubres, no sabes nada con seguridad. Y tengo la impresión de que, si acabas averiguándolo, estarás echándote encima una responsabilidad que podrías desear no haber asumido tan a la ligera.
—En ese caso, Alec —replicó Roger—, yo diría que no dar un paso por descubrir la verdad ahora que estamos tan cerca de lograrlo equivale a rehuir deliberadamente esa misma responsabilidad, ¿no te parece?
Alec guardó silencio un instante.
—¡Basta de cuentos! —exclamó con súbita energía—. Deja las cosas como están, Roger. Hay cosas que es mejor que no lleguen a saberse. No trates de averiguar algo que luego darías cualquier cosa por no haber descubierto.
Roger soltó una risita.
—¡Oh, ya sé que lo correcto sería decir: «¿Quién soy yo para aceptar la responsabilidad de juzgarte? No me corresponde a mí hacerlo, así que te entregaré a la policía, lo que significa que acabarás irremisiblemente en la horca. Es una lástima, porque mi opinión personal es que no cometiste un asesinato, sino un homicidio justificado; y sé que un jurado manipulado por un juez especialista en interpretar la ley de forma estúpida nunca podrá estar de acuerdo conmigo. Por eso lamento tanto tener que echarte la soga al cuello y entregarte a la policía. Pero ¿cómo voy a juzgarte?». Es lo que hacen siempre en los libros, ¿no? Pero no te preocupes, Alec. No soy tan estúpido y no me da miedo aceptar la responsabilidad de juzgar un caso por sus propios méritos; de hecho, me considero mucho más competente para hacerlo que una docena de rústicos de cabeza hueca, presididos por un caballero retorcido y soñoliento con una peluca anticuada. No, pienso seguir hasta el final, y cuando llegue allí, te consultaré lo que debemos hacer.
—Ojalá dejaras las cosas tal como están —insistió Alec en tono casi quejoso.
La instrucción, a pesar de la meticulosa deliberación exigida en todos los procesos legales, no duró más de hora y media. El asunto no planteaba la menor duda y el procedimiento fue más o menos rutinario. Por suerte, el juez de instrucción no era particularmente curioso y se contentó con los hechos tal y como se los expusieron; no perdió más tiempo del estrictamente necesario en preguntarse por los posibles motivos. Tan sólo llamó a declarar al menor número posible de testigos, y, aunque Roger escuchó con la mayor atención, no salió a relucir ningún hecho novedoso.
La señora Plant prestó testimonio con voz clara y sin vacilar. La calma estatuaria de lady Stanworth continuó tan inmutable como siempre. Jefferson pasó más tiempo que nadie en el estrado y contó su versión con su habitual estilo brusco y directo.
—Viéndolo y oyéndole nadie diría que toda su historia no es más que un montón de mentiras, ¿verdad? —susurró Roger a Alec.
—No, nadie lo diría; y, lo que es más, no creo que lo sea —replicó dicho caballero tapándose la boca con la mano—. Estoy convencido de que dice la verdad.
Roger gruñó amablemente.
En cuanto a los testigos de menor importancia, llamaron a Graves, el mayordomo, y a Roger para corroborar la versión de Jefferson acerca de la rotura de la puerta; al primero le preguntaron por el hallazgo de la confesión, mientras que Roger confirmó que las ventanas estaban cerradas. Alec ni siquiera tuvo que declarar.
El veredicto, «Suicidio por enajenación mental transitoria», era inevitable.
Nada más salir del saloncito Roger cogió a Alec del brazo.
—Voy a tratar de abordar a la señora Plant ahora, antes del almuerzo —dijo en voz baja—. ¿Quieres estar presente, o no?
Alec dudó.
—¿Qué vas a hacer exactamente? —preguntó.
—Decirle que sé que Stanworth la estaba chantajeando e invitarla a decirme la verdad sobre lo que ocurrió anteanoche.
—En ese caso, no quiero estar presente —respondió con decisión Alec—. Me repugna este asunto.
Roger asintió con aprobación.
—Creo que será mejor así. Después te contaré lo ocurrido.
—Entonces, ¿cuándo nos vemos?
—Después del almuerzo. Charlaremos antes de que aborde a Jefferson.
Se apartó de Alec e interceptó a la señora Plant, que estaba a punto de subir por las escaleras. Jefferson y lady Stanworth seguían hablando con el juez de instrucción en el saloncito.
—Señora Plant —dijo en voz baja—, ¿podría concederme unos minutos? Quisiera tener unas palabras con usted.
La señora Plant lo miró fijamente.
—Pero iba a terminar de hacer las maletas —objetó.
—Lo que tengo que decirle es mucho más importante que las maletas —respondió solemne Roger arqueando inconscientemente las cejas.
La señora Plant soltó una risa nerviosa.
—Cielos, señor Sheringham, se ha puesto usted muy solemne. ¿De qué quiere hablarme?
—Si viene usted conmigo al jardín donde nadie pueda oírnos, se lo diré. Ella dudó un momento y lanzó una mirada anhelante a la escalera, como si quisiera escapar de algo particularmente desagradable. Luego, con un leve encogimiento de hombros, se volvió hacia el vestíbulo.
—Bueno —dijo con fingida frivolidad—, si insiste usted tanto...
Roger la acompañó hasta la puerta principal y cogió un par de sillas plegables de jardín al pasar por el vestíbulo.
La llevó a un rincón apartado de la rosaleda que no se veía desde la casa y colocó las sillas una enfrente de la otra.
—¿Quiere usted sentarse, señora Plant? —preguntó solemne.
Si había tratado de crear un ambiente que facilitara el desarrollo de lo que pensaba hacer, Roger parecía haberse salido con la suya. La señora Plant se sentó sin decir palabra y le echó una mirada aprensiva.
Roger se sentó con deliberada lentitud y se quedó mirándola en silencio un rato.
—He sabido que ayer no me dijo usted la verdad acerca de su visita a la biblioteca, señora Plant —dijo muy despacio.
La señora Plant dio un respingo.
—¡La verdad, señor Sheringham, no sé qué derecho cree tener para insultarme de un modo tan grosero —exclamó roja de indignación al tiempo que se ponía apresuradamente en pie—. Es la segunda vez que trata usted de interrogarme y permita que le diga que considero su conducta de lo más presuntuosa e impertinente. Le agradecería que, en el futuro, dejase usted de convertirme en el blanco de su abominable falta de modales.
Roger la miró imperturbable.
—Estuvo usted allí —prosiguió en un tono impresionante— porque el señor Stanworth la estaba extorsionando.
La señora Plant se sentó tan de pronto que fue como si se le hubiesen doblado las rodillas. Se agarró a la silla con tanta fuerza que los nudillos se pusieron tan blancos como su cara.
—Mire, señora Plant —dijo Roger inclinándose hacia delante y hablando con rapidez—, aquí ha pasado algo muy raro, y tengo intención de llegar al fondo del asunto. Créame, no deseo hacerle a usted ningún daño. Estoy totalmente de su lado, si las cosas son como creo que son. Pero tengo que saber la verdad. De hecho, creo saberlo ya todo, pero quiero que usted misma me lo confirme. Necesito que me diga la pura y simple verdad de lo que ocurrió anteanoche en la biblioteca de Stanworth.
—¿Y si me niego? —susurró la señora Plant con los labios exangües.
Roger se encogió de hombros.
—No me dejaría usted alternativa. Tendría que contar lo que sé a la policía y dejar el resto en sus manos.
—¿A la policía?
—Sí. Y le aseguro que no estoy fanfarroneando. Como le he dicho, creo saber casi todo lo ocurrido. Sé, por ejemplo, que se sentó usted en el sofá y rogó al señor Stanworth que la dejara marchar; sé que echó a llorar cuando él se negó. Luego le explicó que no tenía dinero, ¿no es así? Y él le pidió a cambio las joyas. Después... ¡Oh!, ya ve que no finjo saber lo que no sé.
El disparo de Roger, hecho casi al azar, había acertado en el blanco. La señora Plant reconoció lo cierto de sus deducciones rompiendo a llorar con aire incrédulo.
—'Pero ¿cómo lo sabe, señor Sheringham? ¿Cómo puede haberlo descubierto?
—Si no le importa, ahora no entraremos en eso —replicó complacido Roger—. Baste con saber que estoy enterado. Ahora quiero que me cuente con sus propias palabras la verdad sobre lo ocurrido esa noche. Por favor, no omita nada; debe entender que me daré cuenta si lo hace, y ¡si vuelve a engañarme...! —Hizo una pausa elocuente.
Por un instante la señora Plant se quedó inmóvil con la vista fija en su regazo. Luego alzó la cabeza y se secó los ojos.
—De acuerdo —dijo en voz baja—. Se lo contaré. ¿Comprende que, al hacerlo, estaré poniendo no sólo mi felicidad, sino literalmente todo mi futuro en sus manos?
—Sí, señora Plant —respondió muy serio Roger—. Y le aseguro que no abusaré de su confianza, aunque ahora la esté forzando de este modo.
Los ojos de la señora Plant se posaron en un lecho de rosas que había cerca.
—¿Sabe que el tal señor Stanworth era un chantajista? —preguntó.
Roger asintió.
—Desde luego, y a gran escala.
—¿Ah, sí? No lo sabía, aunque no me sorprende lo más mínimo —le falló la voz—. Descubrió algo que ocurrió antes de que estuviera casada, yo..., yo...
—No tiene usted por qué entrar en tantos detalles, señora Plant —la interrumpió enseguida Roger—. Lo único que me interesa es que la estaba chantajeando a usted: no quiero saber por qué.
La señora Plant le lanzó una mirada agradecida.
—Gracias —dijo en voz baja—. En ese caso sólo diré que estaba relacionado con un incidente ocurrido antes de que yo estuviera casada. Nunca se lo he contado a mi marido (era agua pasada antes de conocerlo a él) porque sabía que le partiría el corazón. Estamos muy enamorados —añadió con sencillez.
—Comprendo —murmuró indulgente Roger.
—¡Entonces ese demonio lo descubrió! Era un demonio, señor Sheringham —dijo la señora Plant, mirando a Roger con unos ojos muy abiertos en los que todavía quedaban trazas de horror—. Jamás habría imaginado que nadie pudiera ser tan completamente inhumano. ¡Oh! ¡Fue un infierno! —Se estremeció involuntariamente—. Me pidió dinero, claro —prosiguió al cabo de un minuto con la voz más tranquila—, y le pagué todo lo que pude. Comprenda que estaba dispuesta a afrontar cualquier sacrificio antes de que se lo contara a mi marido. La otra noche tuve que decirle que no me quedaba dinero. Mentí cuando le dije a usted a qué hora estuve en la biblioteca. Me abordó en el pasillo para decirme que quería verme allí a las doce y media. Cuando todo el mundo se hubiera acostado. El señor Stanworth siempre planeaba con mucho secreto esas reuniones.