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Authors: Julio Cortazar

Rayuela (18 page)

BOOK: Rayuela
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—Matto Grosso está en el Brasil.

—En el Paraná, entonces. Muy inteligentes y despiertos, informadísimos de todo. Mucho más que nosotros. Literatura italiana, por ejemplo, o inglesa. Y todo el siglo de oro español, y naturalmente las letras francesas en la punta de la lengua. Horacio era bastante así, se le notaba demasiado. Me parece admirable que en tan poco tiempo haya cambiado de esa manera. Ahora está hecho un verdadero bruto, no hay más que mirarlo. Bueno, todavía no se ha vuelto bruto, pero hace lo que puede.

—No diga pavadas —rezongó la Maga.

—Entiéndame, quiero decir que busca la luz negra, la llave, y empieza a darse cuenta de que cosas así no están en la biblioteca. En realidad usted le ha enseñado eso, y si él se va es porque no se lo va a perdonar jamás.

—Horacio no se va por eso.

—También ahí hay una figura. El no sabe por qué se va y usted, que es eso por lo cual él se va, no puede saberlo, a menos que se decida a creerme.

—No lo creo —dijo la Maga, resbalando del sillón y acostándose en el suelo—.

Y además no entiendo nada. Y no nombre a Pola. No quiero hablar de Pola.

—Siga mirando lo que se dibuja en la oscuridad —dijo amablemente Gregorovius—. Podemos hablar de otras cosas, por supuesto. ¿Usted sabía que los indios chirkin, a fuerza de exigir tijeras a los misioneros, poseen tales colecciones que con relación a su número son el grupo humano que más abunda en ellas? Lo leí en un artículo de Alfred Métraux. El mundo está lleno de cosas extraordinarias.

—¿Pero por qué París es una enorme metáfora?

—Cuando yo era chico —dijo Gregorovius— las niñeras hacían el amor con los ulanos que operaban en la zona de Bozsok. Como yo las molestaba para esos menesteres, me dejaban jugar en un enorme salón lleno de tapices y alfombras que hubieran hecho las delicias de Malte Laurids Brigge. Una de las alfombras representaba el plano de la ciudad de Ofir, según ha llegado al occidente por vías de la fábula. De rodillas yo empujaba una pelota amarilla con la nariz o con las manos, siguiendo el curso del río Shan-Ten, atravesaba las murallas guardadas por guerreros negros armados de lanzas, y después de muchísimos peligros y de darme con la cabeza en las patas de la mesa de caoba que ocupaba el centro de la alfombra, llegaba a los aposentos de la reina de Saba y me quedaba dormido como una oruga sobre la representación de un triclinio. Sí, París es una metáfora. Ahora que lo pienso también usted está tirada sobre una alfombra. ¿Qué representa su dibujo? ¡Ah, infancia perdida, cercanía, cercanía! He estado veinte veces en esta habitación y soy incapaz de recordar el dibujo de este tapiz...

—Está tan mugriento que no le queda mucho dibujo —dijo la Maga—. Me parece que representa dos pavos reales besándose con el pico. Todo es más bien verde.

Se quedaron callados, oyendo los pasos de alguien que subía.

(-109)

27

—Oh, Pola —dijo la Maga—. Yo sé más de ella que Horacio.

—¿Sin haberla visto nunca, Lucía?

—Pero si la he visto tanto —dijo la Maga impaciente—. Horacio la traía metida en el pelo, en el sobretodo, temblaba de ella, se lavaba de ella.

—Etienne y Wong me han hablado de esa mujer —dijo Gregorovius—. Los vieron un día en una terraza de café, en Saint-Cloud. Sólo los astros saben qué podía estar haciendo toda esa gente en Saint-Cloud, pero así sucedió. Horacio la miraba como si fuera un hormiguero, parece. Wong se aprovechó más tarde para edificar una complicada teoría sobre las saturaciones sexuales; según él se podría avanzar en el conocimiento siempre que en un momento dado se lograra un coeficiente tal de amor (son sus palabras, usted perdone la jerga china) que el espíritu cristalizara bruscamente en otro plano, se instalara en una surrealidad. ¿Usted cree, Lucía?

—Supongo que buscamos algo así, pero casi siempre nos estafan o estafamos. París es un gran amor a ciegas, todos estamos perdidamente enamorados pero hay algo verde, una especie de musgo, qué sé yo. En Montevideo era igual, una no podía querer de verdad a nadie, en seguida había cosas raras, historias de sábanas o pelos, y para una mujer tantas otras cosas, Ossip, los abortos, por ejemplo, En fin.

—Amor, sexualidad. ¿Hablamos de lo mismo?

—Sí dijo la Maga—. Si hablamos de amor hablamos de sexualidad. Al revés ya no tanto. Pero la sexualidad es otra cosa que el sexo, me parece.

—Nada de teorías —dijo inesperadamente Ossip—. Esas dicotomías, como esos sincretismos... Probablemente Horacio buscaba en Pola algo que usted no le daba, supongo. Para traer las cosas al terreno práctico, digamos.

—Horacio busca siempre un montón de cosas —dijo la Maga—. Se cansa de mí porque yo no sé pensar, eso es todo. Me imagino que Pola piensa todo el tiempo.

—Pobre amor el que de pensamiento se alimenta —citó Ossip.

—Hay que ser justos —dijo la Maga—. Pola es muy hermosa, lo sé por los ojos con que me miraba Horacio cuando volvía de estar con ella, volvía como un fósforo cuando se lo prende y le crece de golpe todo el pelo, apenas dura un segundo pero es maravilloso, una especie de chirrido, un olor a fósforo muy fuerte y esa llama enorme que después se estropea. El volvía así y era porque Pola lo llenaba de hermosura. Yo se lo decía, Ossip, y era justo que se lo dijera. Ya estábamos un poco lejos aunque nos seguíamos queriendo todavía. Esas cosas no suceden de golpe, Pola fue viniendo como el sol en la ventana, yo siempre tengo que pensar en cosas así para saber que estoy diciendo la verdad. Entraba de a poco, quitándome la sombra, y Horacio se iba quemando como en la cubierta del barco, se tostaba, era tan feliz.

—Nunca hubiera creído. Me pareció que usted... En fin, que Pola pasaría como algunas cosas. Porque también habría que nombrar a Françoise, por ejemplo.

—Sin importancia —dijo la Maga, echando la ceniza al suelo—. Sería como si yo citara a tipos como Ledesma, por ejemplo. Es cierto que usted no sabe nada de eso. Y tampoco sabe cómo terminó lo de Pola.

—No.

—Pola se va a morir —dijo la Maga—. No por los alfileres, eso era una broma aunque lo hice en serio, créame que lo hice muy en serio. Se va a morir de un cáncer de pecho.

—Y Horacio...

—No sea asqueroso, Ossip. Horacio no sabía nada cuando dejó a Pola.

—Por favor, Lucía, yo...

—Usted sabe muy bien lo que está diciendo y queriendo aquí esta noche, Ossip. No sea canalla, no insinúe siquiera eso.

—¿Pero qué, por favor?

—Que Horacio sabía antes de dejarla.

—Por favor —repitió Gregorovius—. Yo ni siquiera...

—No sea asqueroso —dijo monótonamente la Maga—. ¿Qué gana con querer embarrar a Horacio? ¿No sabe que estamos separados, que se ha ido por ahí, con esta lluvia?

—No pretendo nada —dijo Ossip, como si se acurrucara en el sillón—. Yo no soy así, Lucía, usted se pasa la vida malentendiéndome. Tendría que ponerme de rodillas, como la vez del capitán del
Graffin
, y suplicarle que me creyera, y que...

—Déjeme en paz —dijo la Maga—. Primero Pola, después usted. Todas esas manchas en las paredes, y esta noche que no se acaba. Usted sería capaz de pensar que yo la estoy matando a Pola.

—Jamás se me cruzaría por la imaginación...

—Basta, basta. Horacio no me lo perdonará nunca, aunque no esté enamorado de Pola. Es para reírse, una muñequita de nada, con cera de vela de Navidad, una preciosa cera verde, me acuerdo.

—Lucía, me cuesta creer que haya podido...

—No me lo perdonará nunca, aunque no hablamos de eso. El lo sabe porque vio la muñequita y vio los alfileres. La tiró al suelo, la aplastó con el pie. No se daba cuenta de que era peor, que aumentaba el peligro. Pola vive en la rue Dauphine, él iba a verla casi todas las tardes. ¿Le habrá contado lo de la muñequita verde, Ossip?

—Muy probablemente —dijo Ossip, hostil y resentido—. Todos ustedes están locos.

—Horacio hablaba de un nuevo orden, de la posibilidad de encontrar otra vida. Siempre se refería a la muerte cuando hablaba de la vida, era fatal y nos reíamos mucho. Me dijo que se acostaba con Pola y entonces yo comprendí que a él no le parecía necesario que yo me enojara o le hiciera una escena. Ossip, en realidad yo no estaba muy enojada, yo también podría acostarme con usted ahora mismo si me diera la gana. Es muy difícil de explicar, no se trata de traiciones y cosas por el estilo, a Horacio la palabra traición, la palabra engaño lo ponían furioso. Tengo que reconocer que desde que nos conocimos me dijo que él no se consideraba obligado. Yo hice la muñequita porque Pola se había metido en mi pieza, era demasiado, la sabía capaz de robarme la ropa, de ponerse mis medias, usarme el rouge, darle la leche a Rocamadour.

—Pero usted dijo que no la conocía.

—Estaba en Horacio, estúpido. Estúpido, estúpido Ossip. Pobre Ossip, tan estúpido. En su canadiense, en la piel del cuello, usted ha visto que Horacio tiene una piel en el cuello de la canadiense. Y Pola estaba ahí cuando él entraba, y en su manera de mirar, y cuando Horacio se desnudaba ahí, en ese rincón, y se bañaba parado en esa cubeta, ¿la ve, Ossip?, entonces de su piel iba saliendo Pola, yo la veía como un ectoplasma y me aguantaba las ganas de llorar pensando que en casa de Pola yo no estaría así, nunca Pola me sospecharía en el pelo o en los ojos o en el vello de Horacio. No sé por qué, al fin y al cabo nos hemos querido bien. No sé por qué. Porque no sé pensar y él me desprecia, por esas cosas.

(-28)

28

Andaban en la escalera.

—A lo mejor es Horacio —dijo Gregorovius.

—A lo mejor —dijo la Maga—. Más bien parecería el relojero del sexto piso, siempre vuelve tarde. ¿A usted no le gustaría escuchar música?

—¿A esta hora? Se va a despertar el niño.

—No, vamos a poner muy bajo un disco, sería perfecto escuchar un cuarteto. Se puede poner tan bajo que solamente escucharemos nosotros, ahora va a ver.

—No era Horacio —dijo Gregorovius.

—No sé —dijo la Maga, encendiendo un fósforo y mirando unos discos apilados en un rincón—. A lo mejor se ha sentado ahí afuera, a veces le da por ahí. A veces llega hasta la puerta y cambia de idea. Encienda el tocadiscos, ese botón blanco al borde de la chimenea.

Había una caja como de zapatos y la Maga de rodillas puso el disco tanteando en la oscuridad y la caja de zapatos zumbó levemente, un lejano acorde se instaló en el aire al alcance de las manos. Gregorovius empezó a llenar la pipa, todavía un poco escandalizado. No le gustaba Schoenberg pero era otra cosa, la hora, el chico enfermo, una especie de transgresión. Eso, una transgresión. Idiota, por lo demás. Pero a veces le daban ataques así en que un orden cualquiera se vengaba del abandono en que lo tenía. Tirada en el suelo, con la cabeza casi metida en la caja de zapatos, la Maga parecía dormir.

De cuando en cuando se oía un ligero ronquido de Rocamadour, pero Gregorovius se fue perdiendo en la música, descubrió que podía ceder y dejarse llevar sin protesta, de legar por un rato en un vienés muerto y enterrado. La Maga fumaba, tirada en el suelo, su rostro sobresalía una y otra vez en la sombra, con los ojos cerrados y el pelo sobre la cara, las mejillas brillantes como si estuviera llorando, pero no debía estar llorando, era estúpido imaginar que pudiera estar llorando, más bien contraía los labios rabiosamente al oír el golpe seco en el cielo raso, el segundo golpe, el tercero. Gregorovius se sobresaltó y estuvo a punto de gritar al sentir una mano que le sujetaba el tobillo.

—No haga caso, es el viejo de arriba.

—Pero si apenas oímos nosotros.

—Son los caños —dijo misteriosamente la Maga—. Todo se mete por ahí, ya nos ha pasado otras veces.

—La acústica es una ciencia sorprendente —dijo Gregorovius.

—Ya se cansará —dijo la Maga—. Imbécil.

Arriba seguían golpeando. La Maga se enderezó furiosa, y bajó todavía más el volumen del amplificador. Pasaron ocho o nueve acordes, un pizzicato, y después se repitieron los golpes.

—No puede ser —dijo Gregorovius—. Es absolutamente imposible que el tipo oiga nada.

—Oye más fuerte que nosotros, eso es lo malo.

—Esta casa es como la oreja de Dionisos.

—¿De quién? El muy infeliz, justo en el adagio. Y sigue golpeando, Rocamadour se va a despertar.

—Quizá sería mejor...

—No, no quiero. Que rompa el techo. Le voy a poner un disco de Mario del Mónaco para que aprenda, lástima que no tengo ninguno. El cretino, bestia de porquería.

—Lucía —rimó dulcemente Gregorovius—. Es más de medianoche.

—Siempre la hora —rezongó la Maga—. Yo me voy a ir de esta pieza. Más bajo no puedo poner el disco, ya no se oye nada. Espere, vamos a repetir el último movimiento. No haga caso.

Los golpes cesaron, por un rato el cuarteto se encaminó a su fin sin que se oyeran siquiera los ronquidos espaciados de Rocamadour. La Maga suspiró, con la cabeza casi metida en el altoparlante. Empezaron a golpear otra vez.

—Qué imbécil —dijo la Maga—. Y todo es así, siempre.

—No se obstine, Lucía.

—No sea sonso, usted. Me hartan, los echaría a todos a empujones. Si me da la gana de oír a Schoenberg, si por un rato...

Se había puesto a llorar, de un manotazo levantó el pickup con el último acorde y como estaba al lado de Gregorovius, inclinada sobre el amplificador para apagarlo, a Gregorovius le fue fácil tomarla por la cintura y sentarla en una de sus rodillas. Empezó a pasarle la mano por el pelo, despejándole la cara. La Maga lloraba entrecortadamente, tosiendo y echándole a la cara el aliento cargado de tabaco.

—Pobrecita, pobrecita —repetía Gregorovius, acompañando la palabra con sus caricias—. Nadie la quiere a ella, nadie. Todos son tan malos con la pobre Lucía

—Estúpido —dijo la Maga, tragándose los mocos con verdadera unción—.

Lloro porque me da la gana, y sobre todo para que no me consuelen. Dios mío, qué rodillas puntiagudas, se me clavan como tijeras.

—Quédese un poco así —suplicó Gregorovius.

—No me da la gana dijo la Maga—. ¿Y por qué sigue golpeando el idiota ese?

—No le haga caso, Lucía. Pobrecita...

—Le digo que sigue golpeando, es increíble.

—Déjelo que golpee —aconsejó incongruentemente Gregorovius.

—Usted era el que se preocupaba antes —dijo la Maga, soltándole la risa en la cara.

—Por favor, si usted supiera...

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