—¡Dios lo ha querido! ¡Angelitos al cielo…! —me dejaba tan pensativo que ahora me cuesta un trabajo desusado el reconstruir lo que por mí pasó. Después repetía como un estribillo, mientras clavaba las tablas o mientras daba la pintura:
—¡Angelitos al cielo! ¡Angelitos al cielo…! —y sus palabras me golpeaban el corazón como si tuviera un reló dentro… Un reló que acabase por romperme los pechos… Un reló que obedecía a sus palabras, soltadas poco a poco y como con cuidado, y a sus ojillos húmedos y azules como los de las víboras, que me miraban con todo el intento de simpatizar, cuando el odio más ahogado era lo único que por mi sangre corría para él. Me acuerdo con disgusto de aquellas horas:
—¡Angelitos al cielo! ¡Angelitos al cielo!
¡El hijo de su madre, y cómo fingía el muy zorro! Hablemos de otra cosa.
Yo no supe nunca, la verdad, porque tampoco nunca me diera por pensar en ello en serio, en cómo serían los ángeles; tiempo hubo en que me los imaginaba rubios y vestidos con unas largas faldas azules o rosa; tiempo hubo también en que los creía de la color de las nubes y tan delgados como ni siquiera fueran los tallos de los trigos. Sin embargo, lo que sí puedo afirmar es que siempre me los figuré muy distintos de mi hermano Mario, motivo que a buen seguro fue lo que ocasionó que pensara que detrás de las palabras del señor Rafael había gato escondido y una intención tan maligna y tan de segundo rebote como de su mucha ruindad podía esperarse.
Su entierro, como años atrás el de mi padre, fue pobre y aburrido, y detrás de la caja no se hubieron de juntar, sin exageración, más arriba de cinco o seis personas: don Manuel, Santiago el monaguillo, Lola, tres o cuatro viejas y yo. Delante iba Santiago, con la cruz, silbandillo y dando patadas a los guijarros; detrás, la caja; detrás, don Manuel con su vestidura blanca sobre la sotana, que parecía como un peinador, y detrás las viejas con sus lloros y sus lamentos, que mismo parecía a quienes las viese que todas juntas eran las madres de lo que iba encerrado camino de la tierra.
Lola era ya por entonces medio novia mía, y digo medio novia nada más porque, en realidad, aunque nos mirábamos con alguna inclinación, yo nunca me había atrevido a decirle ni una palabra de amores; me daba cierto miedo que me despreciase, y si bien ella se me ponía a tiro las más de las veces porque yo me decidiese, siempre podía más en mí la timidez que me hacía dar largas y más largas al asunto, que iba prolongándose ya más de lo debido. Yo debía de andar por los veintiocho o treinta años, y ella, que era algo más joven qué mi hermana Rosario, por los veintiuno o veintidós; era alta, morena de color, negra de pelo, y tenía unos ojos tan profundos y tan negros que herían al mirar; tenía las carnes prietas y como endurecidas de saludable como estaba, y por el mucho desarrollo que mostraba cualquiera daría en pensar que se encontraba delante de una madre. Sin embargo, y antes de pasar adelante y arriesgarme a echarlo en el olvido, quiero decirle a usted, para atenerme en todo a la verdad, que por aquellas fechas tan entera estaba como al nacer y tan desconocedora de varón como una novicia; es esto una cosa sobre la que quiero hacer hincapié para evitar que puedan formarse torcidas ideas sobre ella; lo que hiciera más tarde —sólo Dios lo sabe hasta el final— allá ella con su conciencia, pero de lo que hiciera por aquel tiempo tan seguro estoy que alejada de toda idea de lujuria andaba que no dudaría ni un solo instante en dar mi alma al diablo si me demostrase lo contrario. Andaba con mucho poder y seguridad y con tanto desparpajo y arrogancia que cualquiera cosa pudiera parecer menos una pobre campesina, y su mata de pelo, cogida en una gruesa trenza bajo la cabeza, tal sensación daba de poderlo que, al pasar de los meses y cuando llegué a mandar en ella como marido, gustaba de azotarme con ella por las mejillas, tal era su suavidad y su aroma: como a sol, y a tomillo, y a las frías gotitas de sudor que por el bozo le aparecían al sofocarse…
El entierro, volviendo a lo que íbamos, salió con facilidad; como la fosa ya estaba hecha, no hubo sino que meter a mi hermano dentro de ella y acabar de taparlo con tierra. Don Manuel rezó unos latines y las mujeres se arrodillaron; a Lola, al arrodillarse, se le vetan las piernas, blancas y apretadas como morcillas, sobre la media negra. Me avergüenzo de lo que voy a decir, pero que Dios lo aplique a la salvación de mi alma por el mucho trabajo que me cuesta: en aquel momento me alegré de la muerte de mi hermano… Las piernas de Lola brillaban como la plata, la sangre me golpeaba por la frente y el corazón parecía como querer salírseme del pecho.
No vi marcharse ni a don Manuel ni a las mujeres. Estaba como atontado, cuando empecé a volver a percatarme de la vida, sentado en la tierra recién removida sobre el cadáver de Mario; por qué me quedé allí y el tiempo que pasó, son dos cosas que no averigüé jamás. Me acuerdo que la sangre seguía golpeándome las sienes, que el corazón seguía queriéndose echar a volar. El sol estaba cayendo; sus últimos rayos se iban a clavar sobre el triste ciprés, mi única compañía. Hacia calor; unos tiemblos me recorrieron todo el cuerpo; no podía moverme, estaba clavado como por el mirar del lobo.
De pie, a mi lado, estaba Lola, sus pechos subían y bajaban al respirar…
—¿Y tú?
—¡Ya ves!
—¿Qué haces aquí?
—¡Pues…, nada! Por aquí…
Me levanté y la sujeté por un brazo.
—¿Qué haces aquí?
—¡Pues nada! ¿No lo ves? ¡Nada!
Lola me miraba con un mirar que espantaba. Su voz era como, una voz del más allá, grave y subterránea como la de un aparecido.
—¡Eres como tu hermano!
—¿Yo?
—¡Tú! ¡Sí!
* * *
Fue una lucha feroz. Derribada en tierra, sujeta, estaba más hermosa que nunca… Sus pechos subían y bajaban al respirar cada vez más de prisa. Yo la agarré del pelo y la tenía bien sujeta a la tierra. Ella forcejeaba, se escurría…
La mordí hasta la sangre, hasta que estuvo rendida y dócil como una yegua joven.
* * *
—¿Es eso lo que quieres?
—¡Sí! Lola me sonreía con su dentadura toda igual… Después me alisaba el cabello.
—¡No eres como tu hermano…! ¡Eres un hombre…!
En sus labios quedaban las palabras un poco retumbantes.
—¡Eres un hombre…! ¡Eres un hombre…!
La tierra estaba blanda, bien me acuerdo. Y en la tierra, media docena de amapolas para mi hermano muerto: seis gotas de sangre…
—¡No eres como tu hermano…! ¡Eres un hombre…!
—¿Me quieres?
—¡Sí!
Quince días ha querido la Providencia que pasaran desde que dejé escrito lo que atrás queda, y en ellos, entretenido como estuve con interrogatorios y visitas del defensor por un lado, y con el traslado hasta este nuevo sitio, por otro, no tuve ni un instante libre para coger la pluma. Ahora, después de releer este fajo, todavía no muy grande, de cuartillas, se mezclan en mi cabeza las ideas más diferentes con tal precipitación y tal marea que, por más que pienso, no consigo acertar a qué carta quedarme. Mucha desgracia, como usted habrá podido ver, es la que llevo contada, y pienso que las fuerzas han de decaerme cuando me enfrente con lo que aún me queda, que más desgraciado es todavía; me espanta pensar con qué puntualidad me es fiel la memoria, en estos momentos en que todos los hechos de mi vida —sobre los que no hay maldita la forma de volverme atrás— van quedando escritos en estos papeles con la misma claridad que en un encerado; es gracioso —y triste también, ¡bien lo sabe Dios!— pararse a considerar que si el esfuerzo de memoria que por estos días estoy haciendo se me hubiera ocurrido años atrás, a estas horas, en lugar de estar escribiendo en una celda, estaría tomando el sol en el corral, o pescando anguilas en el regato, o persiguiendo conejos por el monte. Estaría haciendo otra cosa cualquiera de esas que hacen —sin fijarse— la mayor parte de los hombres; estaría libre, como libres están —sin fijarse tampoco— la mayor parte de los hombres; tendría por delante Dios sabe cuántos años de vida, como tienen —sin darse cuenta de que pueden gastarlos lentamente— la mayor parte de los hombres…
El sitio donde me trajeron es mejor; por la ventana se ve un jardincillo, cuidadoso y lamido como una salita, y más allá del jardincillo, hasta la serranía, se extiende la llanada, castaña como la piel de los hombres, por donde pasan —a veces— las reatas de mulas que van a Portugal, los asnillos troteros que van hasta las chozas, las mujeres y los niños que van sólo hasta el pozo.
Yo respiro mi aire, que entra y sale de la celda porque con él no va nada, ese mismo aire que a lo mejor respira mañana o cualquier día el mulero que pasa… Yo veo la mariposa toda de colores que revolea torpe sobre los girasoles, que entra por la celda, da dos vueltas y sale, porque con ella no va nada, y que acabará posándose tal vez sobre la almohada del director… Yo cojo con la gorra el ratón que comía lo que yo ya dejara, lo miro, lo dejo —porque con él no va nada— y veo cómo escapa con su pasito suave a guarecerse en su agujero, ese agujero desde el que sale para comer el rancho del forastero, del que está tan sólo una temporada en la celda de la que ha de salir para el infierno las más de las veces…
Tal vez no me creyera si le dijera que en estos momentos tal tristeza me puebla y tal congoja, que por asegurarle estoy que mi arrepentimiento no menor debe ser que el de un santo; tal vez no me creyera, porque demasiado malos han de ser los informes que de mí conozca y el juicio que de mí se haya formado a estas alturas, pero sin embargo… Yo se lo digo, quizás nada más que por eso de decírselo, quizás nada más que por eso de no quitarme la idea de las mientes de que usted sabrá comprender lo que, le digo, y creer lo que por mi gloria no le juro porque poco ha de valer jurar ya sobre ella… El amargor que me sube a la garganta es talmente como si el corazón me fabricara acíbar en vez de sangre; me sube y me baja por el pecho, dejándome un regusto ácido en el paladar; mojándomela lengua con su aroma, secándome los dentros con su aire pesaroso y maligno como el aire de un nicho.
He parado algún tiempo de escribir; quizás hayan sido veinte minutos, quizás una hora, quizás dos… Por el sendero —¡qué bien se veían desde mi ventana!— cruzaban unas personas. Probablemente ni pensaban en que yo les miraba, de naturales como iban. Eran dos hombres, una mujer y un niño; parecían contentos andando por el sendero. Los hombres tendrían treinta años cada uno; la mujer algo menos; el niño no pasaría de los seis. Iba descalzo, triscando como las cabras alrededor de las matas, vestido con una camisolina que le dejaba el vientre al aire. Trotaba unos pasitos adelante, se paraba, tiraba alguna piedra al pájaro que pasaba… No se parecía en nada, y sin embargo, ¡cómo me recordaba a mi hermano Mario!
La mujer debía ser la madre, tenía la color morena, como todas, y una alegría en todo el cuerpo que mismo uno se sentía feliz al mirar para ella. Bien distinta era de mi madre y sin embargo, ¿por qué sería que tanto me la recordaba?
Usted me perdonará, pero no puedo seguir. Muy poco me falta para llorar… Usted sabe, tan bien como yo, que un hombre que se precie no debe dejarse acometer por los lloros como una mujer cualquiera.
Voy a continuar con mi relato; triste es, bien lo sé, pero más triste todavía me parecen estas filosofías, para las que no está hecho mi corazón: esa máquina que fabrica la sangre que alguna puñalada ha de verter…
Mis relaciones con Lola siguieron por los derroteros que a usted no se le ocultarán, y al andar de los tiempos y aún no muy pasados los cinco meses del entierro del hermano muerto me vi sorprendido —ya ve lo que son las cosas— con la noticia que menos debiera haberme sorprendido.
Fue el día de san Carlos, en el mes de noviembre. Yo había ido a casa de Lola, como todos los días desde meses atrás; su madre, como siempre, se levantó y se marchó. A mi novia la encontré un poco pálida y como rara, después me di cuenta; parecía como si hubiera llorado, como si la agobiase una pena profunda. La conversación —que nunca entre los dos había sido demasiado corrida— se espantaba aquel día a nuestra voz, como los grillos a las pisadas, o como las perdices al canto del caminante; cada intento que hacía para hablar tropezaba al salirme en la garganta, que se quedaba tan seca como un muro.
—Pues no hables si no quieres.
—¡Sí, quiero!
—Pues habla. ¿Yo te lo impido?
—¡Pascual!
—¡Qué!
—¿Sabes una cosa?
—No.
—¿Y no te la figuras?
—No.
Ahora me da risa de pensar que tardara tanto tiempo en caer.
—¡Pascual!
—¡Qué!
—¡Estoy preñada!
Al principio no me enteré. Me quedé como aplastado, tan ajeno estaba a la novedad; jamás había pensado que aquello que me decían, que aquello que era tan natural, pudiera suceder. No sé en qué estaría pensando.
La sangre me calentaba las orejas, que se me pusieron rojas como brasas; los ojos me escocían como si tuvieran jabón…
Quizás llegaran a pasar lo menos diez minutos de un silencio de muerte. El corazón se me notaba por las sienes, con sus golpes cortados como los de un reló; tardé algún tiempo en notarlo.
La respiración de Lola parecía como que pasara por una flauta.
—¿Que estás preñada?
—¡Sí!
Lola se echó a llorar. A mí no se me ocurría nada para consolarla.
—No seas tonta. Unos se mueren…, otros nacen…
Quizás quiera Dios librarme de alguna pena en los infiernos por lo tierno que aquella tarde me sentí.
—¿Pues qué tiene de particular? También tu madre lo estuvo antes de parirte…, y la mía también…
Hacía unos esfuerzos inauditos por decir algo. Había notado un cambio en Lola; parecía como que la hubieran vuelto del revés.
—Es lo que pasa siempre, ya se sabe. ¡No tienes por qué apurarte!
Yo miraba para el vientre de Lola; no se le notaba nada. Estaba hermosa como pocas veces, con la color perdida y la madeja de pelo revuelta.
Me acerqué hasta ella y la besé en la mejilla; estaba fría como una muerta. Lola se dejaba besar con una sonrisa en la boca que mismo parecía la sonrisa de una mártir de los tiempos antiguos.
—¿Estás contenta?
—¡Sí! ¡Muy contenta!
Lola me habló sin sonreír.
—¿Me quieres…, así?
—Sí, Lola…, así.
Era verdad. En aquellos momentos era así como la quería: joven y con hijo en el vientre; con un hijo mío, a quien —por entonces— me hacía la ilusión de educar y de hacer de él un hombre de provecho.